27.2.14

Derretirme como queso en 27 pasos.

¿Crees que no me había enterado?
Que peor que paredes te tengo atravesado entre tinta y espalda y arrumacos. 
Con odio exagerado cuando dudo si me amas, si me esperas, si regresas o te largas un buen día con las golfas siempre tuyas, siempre fuertes, siempre nunca(s). 
Hueles bien, eres un imán absurdo de monerías que conquistan por el mero placer de hacerme titubear, tambalear, doblegar. 
Eres un cojonudo invierno con esas manos, un remolino, terco y necio. A veces sucio, a veces tierno, siempre huraño. 
Ojalá siempre mío.
 Nunca tuyo, porque nunca te encuentras tan ausente como cuando eres tú y tuyo. Como cuando tiras la mordida y el golpe y la piedra. 
Como cuando me haces pequeña. 
Nunca tuyo, Trento. Nunca tuyo. ¿Escuchas cómo ruego? 
Y que no te enteres que te amo poco más de lo que te odio, y que no te enteres que del pecho salen aves cuando besas, juegas, ríes.  
Y que no te enteres de mi mundo, ni de otros mundos y que seas bobo, niño risueño, castrantemente encantador y arrogante, un toro, mi toro. 
Un cachorro. 
Que seas el esposo que nunca fuiste, el padre que siempre debiste.
 Que seas un futuro de esos bien bonitos que quieres que lleguen ya ya ya ya porque no hay tiempo que perder. 
Que seas, mi niño, mi rayito de luna. ¿Ves que tiembla la voz cuando lo pido?
 Mi tonto hombre hueso, mi retonto hombre de leña, mi reintegro, mi revancha, mi venganza contra el mismo cielo. 
Mi supernova, mi superidiota, mi poeta con falsa modestia, mi poeta con tos y sangre y ganas. 
Mi hombre de las cavernas. Mi tremendo disparate, mi encabronado destino. 
La musa también escribe, tu musa, siempre tuya, hoy más que nunca...