23.11.15

Correspondencia.

Querida Olivia:
A veces lamento tanto que ya no puedas bailar y que el brillo en tus ojos no sea el mismo de antes. Cuando te hago el amor puedo imaginar lo perfecta que te veías en el escenario. Sacándole chispa y fuego a todo lo que te rodeaba. Como haces conmigo y todo lo que me duele por dentro. Lamento no poder darte un hijo, lamento que aunque pudiera, no lo querrías. Y toda la bola de discrepancias que tiene el destino a veces con uno. Lo que no lamento ni por un minuto es entregarme a ti como quién se deja caer en los brazos de la muerte. Porque ya ha vivido demasiado, o lo poco fue suficiente, o nada nunca lo fue. Así me aviento yo en una red imaginaria que llevas en los ojos, que me promete que lo mundano está tan lejos de mí como el fracaso. Gracias por darle vida a mi empolvado interior. Por poner de frente mis peores miedos, empezando con nunca estar a la altura de tener tu amor. Tu amor que me congela las ideas, tu amor que me transporta a los mejores momentos de mi vida,ahora tuya. Tu amor como una bola de nieve que baja a velocidades absurdas. Tu amor a cuenta gotas cuando no sabes ni lo que quieres de mí o de ti o de la vida. Tu amor que me amenaza con dolerme hasta el alma porque soy muy viejo para permitirme una caída más. Una de esa magnitud. Pero ¿Qué esperaba de una mujer de esa magnitud? Tu amor, mi pequeño escorpión. Mi fauna entera. Tu amor que me lleva de la mano al fin del mundo, a ver cómo todo acaba menos tú y yo. Tu amor tan torpe, tan extraordinario, tan austero de explicaciones. Tu amor tornado y huracán y todos los golpes que pueda yo soportar. Gracias por sacar mis huesos fuera de límite y atragantar mi autoestima. Por parchar mis ineptitudes con una simple sonrisa. Por llegar a desmembrar mi espíritu y dejar todo expuesto. Mis infinitas gracias. Mis eternos lamentos. Por ti y por mí y por lo nuestro.